Anécdotas hilarantes de los genios que transformaron la historia

La imagen clásica del científico suele ser la de una persona seria, con bata blanca, encerrada en un laboratorio. Pero la realidad es muy distinta. Detrás de los descubrimientos más revolucionarios de la historia hubo personajes con manías curiosas, ocurrencias inesperadas y comportamientos dignos de una comedia.

Muchas de estas historias se transmiten de boca en boca, mezcladas con el mito y la leyenda, y otras están documentadas en cartas, diarios y biografías. Lo cierto es que humanizan a quienes parecían vivir en una torre de marfil. Aquí van cinco relatos poco convencionales sobre figuras que, aun siendo genios, nunca perdieron su lado más terrenal.

El carácter explosivo de Galileo Galilei

Galileo Galilei no solo cambió la forma en que miramos el universo, sino que también tenía un temperamento que le granjeó tantos enemigos como admiradores. Sus enfrentamientos con la Iglesia y con sus colegas académicos están salpicados de salidas mordaces que aún se recuerdan con una sonrisa. Se cuenta que, tras ser advertido por el Santo Oficio para que no defendiera la teoría heliocéntrica, murmuró en voz baja la legendaria frase "y sin embargo se mueve", aunque los historiadores debaten si realmente la pronunció o si es una licencia romántica posterior.

El italiano demostró ser un polemista nato, capaz de escribir textos ferozmente irónicos bajo seudónimos para ridiculizar a sus contrincantes intelectuales. En una carta a un amigo, describió a un rival académico como alguien cuyo cerebro debería ser transportado por la cintura, ya que su pensamiento se encontraba lejos de la cabeza. Este tipo de comentarios enciclopédicos eran moneda corriente en sus intercambios epistolares y han quedado como ejemplos tempranos de ironía científica.

También abundan anécdotas que muestran su lado más ligero. Durante una demostración en la universidad de Padua, según recoge la tradición, montó un instrumento óptico con materiales mediocres para ridiculizar a un colega que aseguraba maravillas con sus lentes. Cuando el aparato se desmoronó en plena explicación, Galileo sonrió y dijo a la audiencia que su rival había construido un telescopio tan maravilloso que desaparecía por arte de magia. Su capacidad para convertir un error en una pulla sigue siendo una de sus características más recordadas.

Isaac Newton y el perro Diamond

Isaac Newton resulta conocido por su genialidad matemática, pero también por una serie de anécdotas que muestran una faceta muy terrenal y profundamente despistada. Se dice que cuando era joven, mientras estudiaba en la campiña inglesa, solía dar largos paseos por los jardines de Woolsthorpe y frecuentemente se olvidaba de comer o se perdía en sus propios pensamientos. Una vez, invitado a una cena en casa de un vecino, se levantó de la mesa y volvió a su habitación únicamente porque le sobrevino una idea sobre un problema matemático. Su capacidad de concentración era tal que ciertos domésticos confesaron al biógrafo que nunca le habían visto prestar atención a la comida si tenía papel y pluma delante.

La historia más sorprendente involucra a su perro, llamado Diamond. Según los testimonios de su época, Newton regresaba un día a su estudio con una vela encendida cuando Diamond saltó sobre él y comenzó a brincar de manera alocada. El sabio inglés, entretenido por el animal, decidió jugar con él, y la vela terminó cayendo sobre una pila de documentos. El fuego destruyó años de valiosa correspondencia y notas, y Newton habría exclamado, según la tradición, "Oh, Diamond, Diamond, no sabes el daño que me has hecho". Algunos de esos papeles contenían cálculos que hoy podrían haber acelerado generaciones de descubrimientos.

Newton también tuvo pasatiempos extraños para un científico racional. Entre ellos, practicó la alquimia durante años, escribiendo tratados que su propio heredero decidió mantener ocultos por décadas para no empañar la imagen racional del maestro. Las visualizaciones de su tiempo confirman el ambiente misterioso de sus experimentos, y pruebas documentales pueden hallarse en fotos antiguas fascinantes que dan una idea del laboratorio que tenía en la Inglaterra rural del siglo XVII, muy lejos del imaginario pulcro que solemos asociar a los grandes descubrimientos.

Einstein, la lengua afuera y el violín desafinado

La imagen más reproducida de Albert Einstein no es la del científico serio, sino la del hombre sacando la lengua el día de su septuagésimo cumpleaños. Arthur Sasse, fotógrafo de la Associated Press, le pidió que sonriera para una foto el 14 de marzo de 1951, y el premio Nobel, cansado de posar, sacó la lengua justo cuando se disparó el obturador. Lo que debía ser una broma privada se convirtió en un símbolo mundial del científico rebelde y accesible. Existe un antecedente gracioso: en una cena en 1929 a la que fue invitado por el magnate Louis B. Mayer, Einstein volvió a sacar la lengua ante el magnate, quien quedó tan encantado con su personalidad que luego intentó contratarlo como actor. Imágenes como esta pueblan toda galería de imágenes curiosas dedicada a personajes del siglo XX.

Aparte de las cámaras, Einstein tenía otras aficiones igual de curiosas. Amante declarado de la música, tocaba el violín desde los seis años y nunca se separó de su instrumento, al que llamaba "Lisa" en honor a la mujer que le enseñó a tocar. Aunque su técnica distaba de ser virtuosa, siempre consideró la música como su mejor complemento para pensar. Decía que si no hubiera sido físico, le habría gustado ser músico, y sus colegas en Princeton relataban que solía interpretar sonatas de Mozart mientras resolvía los problemas más complejos de la relatividad. Esta capacidad de combinar ciencia y arte se ha convertido casi en un modelo para entender la creatividad humana.

El científico también fue famoso por su peculiar sentido del vestir y por sus olvidos domésticos. Su secretaria, Helen Dukas, contaba que Einstein compraba sistemáticamente varios pares del mismo modelo de zapatos porque le incomodaba tomar decisiones sobre ropa, e incluso llegó a olvidar dónde había dejado sus llaves en varias ocasiones. De estas y otras pequeñas rarezas cotidianas se han escrito libros enteros, lo que confirma que detrás del mito del genio distante había un hombre muy humano.

Las manías de Nikola Tesla y sus palomas

Nikola Tesla fue uno de los inventores más prolíficos e inexplicables de la era moderna. Si bien su nombre se asocia a la corriente alterna y a la transmisión inalámbrica, detrás del personaje existía un hombre lleno de manías casi inverosímiles. Por ejemplo, no soportaba los objetos redondos ni las perlas, y caminaba por la calle contando sus pasos. Tampoco podía comer alimentos cocinados sin haber calculado previamente el número exacto de sus bocados, lo que da una idea de hasta qué punto su cerebro funcionaba en parámetros distintos a los comunes.

Pero su obsesión más famosa la protagonizaron las palomas. Hacia el final de su vida, Tesla recorría el Central Park de Nueva York alimentando a estos pájaros y llegó a asegurar que una paloma blanca en particular se había comunicado con él de forma telepática. El inventor afirmaba que el ave era su "única amiga" y que había recibido de ella mensajes sobre el futuro de la humanidad. Estas declaraciones eran tomadas a broma por la prensa de la época, aunque el propio Tesla estaba completamente convencido de lo que relataba.

En una esquina de este carácter obsesivo se cruzaban la inventiva y la espiritualidad. Hay quien dice que algunas de sus teorías más excéntricas, como la del rayo de la muerte o sus ensayos sobre energía sin cables, nacían tras largas sesiones con sus aves amigas. Lo cierto es que el mundo de las leyendas urbanas guarda un parentesco curioso con personajes así, y al revisar casos como la leyenda del chupacabras es imposible no reparar en que genios visionarios también han creído en criaturas o fenómenos fuera de toda explicación convencional.

Richard Feynman, el científico que tocaba bongós y abría cajas fuertes

Richard Feynman, premio Nobel de física por su trabajo en electrodinámica cuántica, es posiblemente el científico más divertido del siglo XX. Feynman no se limitaba al laboratorio: durante su etapa en el proyecto Manhattan, sus colegas lo descubrieron forzando las cajas fuertes que contenían los secretos atómicos de la instalación. Al preguntarles cómo lo lograba, les respondía con la mayor tranquilidad que la curiosidad humana no entiende de cerraduras. Más tarde confesaría que esas habilidades le sirvieron para burlar la censura militar en más de una ocasión.

Fuera del trabajo, Feynman era un showman consumado. En los clubes nocturnos de Caltech y de Los Ángeles se le podía encontrar tocando bongós en comparsas de samba. En una ocasión, aceptó una invitación para tocar en un club nocturno de striptease y, tras demostrar ser mejor en matemáticas que con las baquetas, acabó dibujando fórmulas en la pizarra del escenario ante un público incrédulo. Cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía riéndose que la ciencia es, ante todo, una aventura divertida y que la solemnidad académica era una pérdida de tiempo.

Otra de sus aficiones era pintar bajo el seudónimo de "Ofey", con el que llegó a exponer en una galería de arte. La noticia de que un Nobel de física era también artista plástico sorprendió a propios y extraños, aunque él siempre sostuvo que pintar y hacer física exigen el mismo tipo de imaginación desbordada. Estas anécdotas muestran que el camino de la ciencia puede recorrerse con humor y ligereza, y que detrás de cualquier fórmula brillante suele haber una mente asombrosamente juguetona.

Si te han gustado estas historias, Rincón del Curioso guarda muchas más sorpresas para quienes sienten curiosidad por todo. En nuestras secciones de leyendas urbanas, fotografías históricas, citas célebres y pasatiempos mentales hay siempre algo nuevo por descubrir, desde acertijos visuales y juegos de lógica hasta cursos gratuitos y rompecabezas descargables. Te invitamos a recorrer el portal, perderte un rato entre sus páginas y volver a casa con una sonrisa. La próxima vez que alguien defina a los científicos como personas aburridas, ya tendrás argumentos para llevarle la contraria entre risas, y quizás hasta para contarle alguna otra historia fuera de lo común sobre figuras que cambiaron el mundo.